En el mismo vagón de metro, dos personas deslizan el dedo por la pantalla: una estudiante de veinte años y un hombre de unos sesenta. Los dos pasan más o menos el mismo tiempo en internet. ¿Les afecta de la misma manera?
Un estudio publicado en el World Happiness Report 2026 sugiere que no. Y la razón no es solo la edad. Según los datos, también importa cuánto de la vida de sus iguales transcurre en línea.
Qué se estudió
El World Happiness Report es un informe anual sobre el bienestar en el mundo. Lo elaboran el Centro de Investigación sobre Bienestar de la Universidad de Oxford, Gallup, la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la ONU y un consejo editorial independiente. La edición de 2026 se publicó el 19 de marzo y está dedicada a las redes sociales, la confianza y los vínculos sociales.
Uno de sus capítulos lo firman Zeynep Ozkok, Jonathan Rosborough y Brandon Malloy, de la Universidad St. Francis Xavier (Canadá). Utilizaron datos de la Encuesta Social Europea entre 2016 y 2024: casi 200.000 personas encuestadas en 30 países, entre ellos España.
El bienestar se midió con dos preguntas en una escala de 0 a 10: cuán feliz es la persona y cuán satisfecha está con su vida en general. El uso de internet, con los minutos al día que cada cual declara pasar conectado.
Por qué una simple correlación no basta
La gran trampa de este tipo de estudios es la causalidad inversa. Quizá internet empeora el ánimo. O quizá a quien ya se siente mal le resulta más fácil pasar la tarde conectado. Una comparación sencilla no distingue entre ambas posibilidades.
Los autores recurrieron a una técnica habitual en economía: una variable instrumental. Como instrumento usaron la velocidad de internet de cada región, a partir de la velocidad mediana de descarga medida por M-Lab. La lógica es sencilla. Un internet más rápido anima a pasar más tiempo conectado. Pero la infraestructura, sostienen los autores, no depende de lo felices que sean los habitantes de la región.
Un detalle relevante para España: según el capítulo, las mayores mejoras de velocidad se dieron en Islandia, Noruega, Suecia y regiones de Francia y Alemania, mientras que el sur y el este de Europa se han quedado algo más atrás.
El resultado: considerando a todos juntos, más tiempo en internet se asocia con un bienestar algo menor. Llama la atención que un análisis más simple, sin esta técnica, apenas detectaba efecto.
Cada generación, un efecto distinto
Lo más interesante aparece al separar los datos por generaciones. Según los autores, internet perjudica sobre todo a la generación Z y, de forma moderada, a los milénicos. En la generación X el efecto es casi nulo, y en los baby boomers incluso ligeramente positivo.
El tiempo en línea de la generación Z se disparó entre 2016–2019 y 2020–2024. Según los autores, ese aumento por sí solo implica una caída de unos 0,3–0,5 puntos en la escala de bienestar de 10 puntos. No es una catástrofe, pero tampoco es poco para un indicador que suele moverse despacio.
Los investigadores también siguieron la evolución de la vida social. Lo que más cayó fue la confianza en los demás, la confianza en las instituciones, la frecuencia de los encuentros y la sensación de ser tan activo socialmente como los demás. Las mayores caídas se dieron entre las mujeres jóvenes de la generación Z y milénicas, sobre todo en Europa occidental, grupo en el que el estudio incluye a España. Son cambios a lo largo del tiempo, no una prueba de que los haya causado internet.
Por qué importan los iguales
Volvamos al vagón. Los autores dividieron a los encuestados en «grupos de iguales» según país, grupo de edad, sexo y año de la encuesta: unos 2.700 grupos. Para cada uno calcularon, con datos de Eurostat, qué proporción de personas usa redes sociales.
Resultó que el efecto de internet depende de esa proporción. En los grupos donde menos de la mitad usaba redes sociales, el tiempo adicional en línea se asociaba incluso con un mayor bienestar. Cuanto mayor era el alcance, peor se volvía el efecto. En los grupos donde más del 90 % de los iguales usaba redes sociales, el efecto era claramente negativo y estadísticamente significativo.
Es decir, no importa solo cuánto tiempo pasa conectada una persona. También importa cómo vive su entorno. Para la estudiante de veinte años, casi todos sus amigos están en el muro. Para su vecino de asiento, ni mucho menos. Internet es para ellos un entorno distinto, aunque las aplicaciones sean las mismas.
Los autores no ofrecen una explicación definitiva. Pero sus datos apuntan a varios mecanismos posibles: el contacto en línea desplaza los encuentros cara a cara, se erosiona el capital social (por ejemplo, la confianza), y un entorno en el que todo el mundo se exhibe constantemente invita a compararse.
Qué dice el resto del informe
El capítulo encaja con el resto del informe, aunque el panorama general es más complejo.
En Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, la felicidad de los menores de 25 años ha caído de media 0,86 puntos en las últimas dos décadas. Sin embargo, en 85 de 136 países los jóvenes son hoy más felices que hace unos veinte años. El deterioro no es, por tanto, una regla mundial. En la clasificación general de 2026, España ocupa el puesto 41.
También importa cómo se usan las redes. En 47 países, los estudiantes de 15 años que pasan más de siete horas al día en redes sociales tienen un bienestar mucho menor que quienes pasan menos de una hora. En datos de América Latina, las plataformas basadas en un muro algorítmico se asociaban con menos felicidad; las orientadas a la comunicación con personas cercanas, con más.
Jan-Emmanuel De Neve, director del centro de Oxford, lo resumió así: «El uso intensivo se asocia con un bienestar mucho menor, pero quienes deliberadamente no usan redes sociales también parecen perderse algunos efectos positivos» (traducción propia).
Por qué los científicos siguen discutiendo
El efecto de las redes sociales en los jóvenes es una de las cuestiones más debatidas de las ciencias sociales actuales.
El psicólogo Jonathan Haidt sostiene en La generación ansiosa (2024) que el paso a una «infancia basada en el móvil» es la causa principal del empeoramiento de la salud mental de los adolescentes. También lo presenta como un problema de acción colectiva: una familia o un adolescente poco pueden cambiar si todos a su alrededor están conectados.
La psicóloga Candice Odgers replicó en una reseña para Nature (marzo de 2024) que los datos disponibles no respaldan una conclusión causal tan fuerte. A su juicio, las asociaciones son en su mayoría débiles, y en la salud mental de los jóvenes influyen muchos otros factores.
El capítulo del World Happiness Report no zanja la discusión. Pero aporta datos que intentan responder a la pregunta de la causa, no solo de la correlación. Y su hallazgo sobre los iguales coincide, de forma inesperada, con el argumento de la acción colectiva.
Lo que todavía no sabemos
- Qué hace la gente en línea. Los propios autores reconocen que la encuesta no mide qué plataformas se usan ni cómo, qué actividades sustituye el tiempo en línea ni la calidad de las relaciones.
- Hasta qué punto es fiable el instrumento. El método supone que la velocidad de internet influye en el bienestar solo a través del tiempo conectado. Cabe objetar que el internet más rápido suele ir unido a ciudades más grandes y a otro estilo de vida. Esta salvedad es nuestra, no de los autores.
- Autoinformes. Las personas valoran por sí mismas tanto su felicidad como sus minutos en línea.
- Geografía. Los datos son europeos. Trasladarlos a América Latina u otras regiones exige prudencia.
- Promedios. Una generación son millones de personas distintas. Para unas, internet es fuente de soledad; para otras, su único vínculo con una comunidad.
Qué se desprende de todo esto
Los autores concluyen que las medidas para mejorar el bienestar no pueden centrarse solo en el tiempo de pantalla de cada persona. Deben atender al entorno más amplio: la caída de la confianza, el debilitamiento de los lazos comunitarios y el carácter tan comparativo de los espacios en línea, sobre todo para los jóvenes.
Esta conclusión llega en pleno debate sobre la regulación. En España, el proyecto de ley orgánica de protección de las personas menores de edad en los entornos digitales, con las enmiendas pactadas por PSOE y Sumar, prevé que los menores de 16 años solo accedan a redes sociales con autorización de sus padres y únicamente a plataformas autorizadas por la CNMC. Estas tendrán que demostrar, entre otras cosas, que no usan diseños adictivos. A finales de septiembre de 2026 el texto seguía en fase de ponencia en la Comisión de Justicia del Congreso: aún debe pasar por el Pleno y el Senado, y los detalles pueden cambiar. En el plano europeo, la Comisión Europea propuso el 16 de septiembre prohibir las redes sociales a los menores de 13 años; la propuesta aún deben aprobarla el Parlamento Europeo y los Estados miembros.
Los autores del capítulo no evalúan leyes concretas. Pero sus datos recuerdan que el efecto de internet no es solo un asunto privado. Es también una propiedad del entorno que todos compartimos.
Para el lector, quizá se desprenda una sola observación. Conviene fijarse no solo en cuánto tiempo se lleva el móvil, sino también en si queda sitio para verse en persona, y en si «estar todos conectados» se ha convertido en la única forma de estar juntos.
Preguntas para el debate
- ¿Has notado que internet te afecta de forma distinta que a personas de otras edades de tu entorno? ¿En qué se nota la diferencia?
- Si el daño depende de cómo se comporta todo el entorno, ¿a quién le corresponde abordarlo: a cada persona, a las familias, a los colegios o al Estado?
- ¿Qué espacios en línea crees que acercan a las personas y cuáles tienden a separarlas?
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