La cola de la caja del súper. El ascensor que baja despacio desde el noveno. El microondas al que aún le queda un minuto. Pasan dos segundos y la mano ya está en el bolsillo. No hemos decidido mirar el móvil: simplemente ha pasado.
Otra escena conocida. Por la mañana te acuerdas de que tienes que devolver ese paquete. Luego se convierte en «ahora en un rato». Por la noche descubres que, sencillamente, se te ha olvidado.
Parecen dos historias distintas: una sobre el móvil y otra sobre la memoria. Pero dos estudios recientes de 2026 apuntan a una raíz común. Y no es tanto el aburrimiento en sí como nuestra relación con él y lo que hacemos en cuanto aparece.
No es el aburrimiento, es lo mucho que lo odiamos
Cabría esperar una regla sencilla: cuanto más se aburre alguien, más tiempo pasa con el móvil. Un estudio de la Universidad de Essex, publicado en 2026 en Motivation and Emotion, muestra algo más fino.
En dos estudios con más de 750 participantes en total, los investigadores no se quedaron en los cuestionarios. En el segundo, que siguió a 261 personas durante varios meses, contrastaron además las respuestas con datos reales de tiempo de pantalla de sus móviles. Esto importa, porque solemos calcular muy mal cuánto usamos el móvil.
El resultado: cuanto menos soportaba alguien la propia sensación de aburrimiento, más usaba el móvil. Los psicólogos lo llaman aversión al aburrimiento. Estas personas también se aburrían más a menudo y lo vivían con más intensidad. Y en los periodos en que esa aversión crecía, el móvil se convertía en una vía de escape.
Dicho de otro modo, cuánto deslizamos el dedo por la pantalla no depende solo de cuánto nos aburrimos, sino de lo insoportable que nos resulta. Los autores sacan una conclusión práctica prudente: quizá para ayudar con el tiempo de pantalla haya que trabajar la actitud ante el aburrimiento, y no solo intentar evitarlo.
Esto recuerda a un experimento anterior y muy famoso. En 2014, el psicólogo Timothy Wilson y sus colegas pidieron a varias personas que se quedaran a solas con sus pensamientos entre 6 y 15 minutos, sin móvil, sin libro y sin bolígrafo. A la mayoría no le gustó. En una de las series, los participantes podían pulsar un botón y darse una pequeña descarga eléctrica, aunque antes habían dicho que pagarían por evitarla. La pulsaron 12 de 18 hombres y 6 de 24 mujeres. La muestra es diminuta, así que no conviene generalizar los porcentajes. Pero la imagen se quedó grabada: para muchos, cualquier cosa es mejor que no hacer nada.
Del aburrimiento al olvido
La psicología distingue un tipo concreto de memoria: la memoria prospectiva. No sirve para recordar el pasado, sino para acordarnos a tiempo de lo que habíamos planeado: llamar, pagar un recibo, devolver un paquete.
Un estudio de 2026 en Humanities and Social Sciences Communications analizó cómo funciona esta memoria en la vida real. Durante 30 días, 102 adultos (edad media: 37 años) anotaron sus planes en una aplicación. Unos eran para el mismo día; otros, para dentro de dos semanas. En cada uno indicaban lo aburrido que les parecía y si pensaban aplazarlo.
El resultado siguió una secuencia:
- Las tareas que parecían aburridas se aplazaban más a menudo.
- Las tareas aplazadas se olvidaban más a menudo.
- Al final, lo aburrido se olvidaba más que lo interesante.
Los detalles dependían del plazo. En los planes para el mismo día, una tarea aburrida se olvidaba más tanto directamente como por haberse aplazado. En los planes a dos semanas, el aburrimiento actuaba sobre todo a través del aplazamiento. La personalidad también contaba: la tendencia general a procrastinar predecía de forma constante las tareas olvidadas, mientras que la propensión general al aburrimiento solo se relacionaba débilmente con ellas.
Un detalle más. Lo que la gente pensaba aplazar una tarea solo coincidía moderadamente con lo que la aplazaba de verdad. No se nos da bien ver nuestra propia procrastinación por adelantado.
Así que olvidar las tareas aburridas no significa necesariamente tener «mala memoria». A menudo es el último eslabón de una cadena: me aburro → «luego» → se me olvidó. Y aquí se ve la relación con el móvil: en ambos casos intentamos librarnos cuanto antes de una sensación desagradable.
¿Para qué sirve el aburrimiento?
Si el aburrimiento es tan desagradable, ¿no sería mejor evitarlo sin más? Muchos investigadores responden: no del todo.
El filósofo e investigador del aburrimiento Andreas Elpidorou lo describe como un mecanismo que regula nuestra forma de implicarnos con el mundo. Avisa de que lo que estamos haciendo no nos aporta suficiente sentido o desafío. Y luego nos empuja a cambiar algo: la actividad o la forma de verla. Podría compararse con el hambre: desagradable, pero una señal útil.
El problema es que una señal se puede acallar sin responderla. Eso es justo lo que hace el móvil. Elimina la sensación desagradable en segundos, pero deja sin respuesta la pregunta que planteaba el aburrimiento: ¿a qué merecería la pena dedicarse de verdad? Con las tareas aplazadas pasa lo mismo: «luego» quita el aburrimiento ahora, pero la tarea sigue ahí.
Una advertencia importante: todo esto se refiere al aburrimiento normal y ocasional. La propensión crónica al aburrimiento es otra historia. Se asocia con la ansiedad y el bajo estado de ánimo, y ahí los consejos cotidianos sirven de poco.
Dónde falla la explicación
Ambos estudios son interesantes, pero tienen límites que conviene señalar.
Relación no es causa. Los dos estudios son observacionales: no se asignó a las personas a grupos al azar. Puede que tener siempre el móvil a mano haga el aburrimiento más insoportable, y no al revés.
Muestras pequeñas. En el estudio sobre el olvido participaron 102 personas; en el famoso experimento de la descarga, solo 42. Además, en el estudio sobre el olvido participaron sobre todo mujeres de programas de psicología en Suiza, y la medición del tiempo de pantalla del estudio de Essex solo incluyó a usuarios de iPhone. Basta para detectar un patrón, pero no para afirmar que todos funcionamos así.
El móvil no es solo una huida. Lo cogemos por trabajo, por las noticias, por preocupación, por la necesidad de estar en contacto con los nuestros. El aburrimiento es solo un motivo, y no el principal para todo el mundo.
No todo aplazamiento es un problema. A veces posponer una tarea aburrida es perfectamente razonable si hay algo más importante. El riesgo no está en aplazar, sino en un «luego» sin fecha ni recordatorio.
Qué hacer con todo esto
Los estudios no ofrecen una receta universal. Pero de ellos se desprenden algunas ideas modestas, fáciles de probar y sin riesgo.
- Dar al aburrimiento unos segundos. La próxima vez que estés en una cola, fíjate en el impulso de sacar el móvil y nómbralo para tus adentros: «me aburro». No luches contra él: observa qué pasa después. Quizá la sensación se vaya sola, o quizá te indique a qué merece la pena dedicarte.
- Preguntarse de qué avisa la señal. Si te aburres una y otra vez en la misma situación, quizá haya que cambiar la situación, no silenciar la sensación.
- Tareas aburridas: ahora o con fecha. Si la tarea lleva unos minutos, lo más seguro es hacerla ya. Si no, pásala a una hora concreta y con recordatorio, no a un vago «luego». En el estudio de 30 días, precisamente las tareas aplazadas se olvidaban más.
- Dejar el móvil un poco más lejos. No como prohibición, sino como una pausa entre el impulso y la acción. Esa pausa suele bastar para que el reflejo se convierta en elección.
Ninguna de estas ideas garantiza menos tiempo de pantalla ni una memoria perfecta. Van de otra cosa: de que el aburrimiento sea una señal, no una orden.
Conclusión
El aburrimiento no es un enemigo, aunque nadie diría que es agradable. Los datos recientes sugieren que lo que importa no es tanto el aburrimiento como la manera de quitárnoslo de encima. El móvil y el «luego» son las dos vías más rápidas. La primera se come los minutos; la segunda va borrando tareas de la memoria sin hacer ruido.
A veces lo mejor que se puede hacer con el aburrimiento es darle un poco de tiempo. Un minuto tranquilo puede no ser un vacío, sino el lugar donde por fin hay espacio para pensar.
Preguntas para el debate
- ¿En qué situaciones coges el móvil casi en piloto automático?
- ¿Qué tarea aburrida aplazas más a menudo? ¿Alguna vez se te ha olvidado por completo?
- ¿Te ha empujado alguna vez el aburrimiento hacia algo nuevo o útil?
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